Por qué las reglas viejas no alcanzan para situaciones nuevas
Muchas veces no nos adaptamos a las nuevas circunstancias porque nos desbordamos cuando las cosas no funcionan según nuestra expectativa. Y entonces hacemos lo más natural: intentamos entenderlo desde nuestra lógica conocida, desde lo que ya vivimos, desde lo que ya sabemos.
El problema es que la situación cambió. Y las reglas siguen siendo las mismas.
Es decir: las circunstancias de tu vida son otras, pero seguís respondiendo con las mismas estrategias de siempre. Como quien aplica las reglas de un juego que ya nadie está jugando.
Lo que el entorno nos está pidiendo
El mundo nos demanda una adaptabilidad constante frente a circunstancias que van cambiando todo el tiempo: El nacimiento de un hijo. Una separación. Una mudanza. Un diagnóstico. Un hijo que crece y necesita algo diferente de vos. Una pareja que ya no funciona como antes.
Nada de eso avisa. Nada de eso espera a que estés lista/o.
Y si seguís actuando como si las condiciones fueran las mismas de antes, la tensión aparece sola. No porque hayas hecho algo mal, sino porque esa situación nueva necesita que te pares en un lugar diferente. Uno que todavía no conocés del todo.
EL DESAFÍO: Sostener la incomodidad de la incertidumbre, de no saber cómo se hace en esta situación nueva.
Las reglas viejas
Las reglas son estrategias. Formas que en algún momento funcionaron, "esto es lo que hay que hacer para estar a salvo".
En algún momento, esa regla tenía sentido. Pero los contextos cambian. Los hijos crecen. Las parejas evolucionan. El trabajo se transforma. Y si las reglas no se actualizan, aparecen el cansancio, el drenaje, la sensación de estar fallándole a las propias responsabilidades.
Es la señal de que las reglas necesitan renovarse.
Tus padres, si no se adaptan a ser abuelos, van a seguir dando órdenes que ya no les corresponden. En la pareja, si uno sigue asumiendo todas las tareas de la casa y el otro nunca tiene espacio para intervenir, el reclamo crece pero la dinámica no cambia. En el trabajo, las reglas de liderazgo que funcionaban con un equipo de cinco personas no son las mismas que necesita un equipo de veinte.
Darnos el espacio para entender qué cambió y cómo es diferente ahora es lo que nos permite adaptarnos con menos frustración. Y con mucha más energía.
El Código de Alerta y la identidad en juego
Tenemos un código de verdades: una estructura mental construida a lo largo de la vida que define cómo percibimos el mundo y qué creemos que debemos hacer para sobrevivir en él.
Cuando algo amenaza esa estructura, el sistema nervioso se enciende. Aparece la alerta.
Si parte de tu identidad es ser la persona que acompaña a tu pareja, cualquier persona nueva que se acerque va a sentirse como una amenaza. Si tu identidad está construida sobre ser el que resuelve, delegar va a vivirse como una pérdida de control. Si tu valor está puesto en ser el gracioso del grupo, llegar a un entorno donde ese rol no encaja va a generarte un malestar que no siempre podés explicar.
Somos seres creativos. Tenemos la capacidad real de crear nuevas realidades. Pero para eso necesitamos un espacio para pensar, para animarnos a pensar diferente.
Y ahí es cuando aparecen las voces internas: ¿Lo estoy haciendo bien? ¿Estoy haciendo el ridículo? ¿Qué van a pensar?
Muchas veces nos quedamos en el molde exactamente para no tener que encontrarnos con esas voces.
La diferencia entre flexibilidad y rigidez
Una persona flexible pregunta. Observa. Busca aprender de cómo lo hacen otros. Acepta que no tiene todas las respuestas antes de que empiece el proceso.
Una persona rígida cree saber antes de consultar. Da cátedra antes de escuchar. Y cuando el entorno no responde como espera, el problema siempre está afuera.
La rigidez tiene un costo enorme y muy concreto: se les cierra la mirada. No pueden ver lo que el otro ve. No pueden considerar que haya una posibilidad distinta a la que ya conocen.
Y lo más difícil: muchas veces esa rigidez se vive hacia afuera como una exigencia. Le demandan a las personas de alrededor que sean y hagan según sus propias reglas. Que quieran el asado aunque estén descompuestas. Que funcionen igual aunque todo haya cambiado. Y cuando eso no pasa, aparece la tensión, el enojo, la sensación de que el otro es el culpable del malestar.
Lo que pasa cuando no descansamos
Creamos un estado de adaptación en el que el cuerpo parece funcionar. Pero el proceso interno de estrés continúa. Y sin las condiciones de recuperación que el organismo necesita, el sistema empieza a alterarse.
El descanso no es un lujo. Es el momento en que el sistema se limpia. Si no lo hacemos, seguimos funcionando con todo lo acumulado, como si operáramos sucios.
Y desde ese lugar, tomar decisiones claras se vuelve casi imposible.
Los hackeos que entrenan algo más profundo
La adaptabilidad no se construye de golpe. Se entrena en lo pequeño, en lo cotidiano, en los momentos donde elegimos hacer una pausa antes de reaccionar.
Detectar la tensión antes de que escale.
Un momento de auto-observación:
¿Desde dónde estoy actuando? ¿Qué me estoy exigiendo? ¿Qué necesitaría ahora? Esas preguntas simples bajan la intensidad del Código de Alerta antes de que tome el control.
Respirar antes de responder.
Cinco inhalaciones y exhalaciones profundas cuando el enojo aparece. No es un cliché: es una intervención biológica real que baja las revoluciones y le devuelve al sistema la capacidad de elegir en lugar de reaccionar.
Caminar con intención.
Ir al trabajo caminando, escuchando música que despeje, pensando conscientemente
¿cómo quiero estar cuando llegue a casa? No es solo romper la rutina. Es darle al sistema información nueva: que hay espacio, que no todo es urgencia, que el cuerpo puede moverse diferente.
Probar algo distinto.
Cuando probamos algo nuevo, el sistema recibe información que antes no tenía: qué le gusta, qué le conviene, qué le genera bienestar. Incomodarse tiene sentido cuando esa incomodidad nos aporta información para crear espacios donde nos sentimos más sostenidos y más vivos.
Y sobre la forma "correcta" de hacerlo: no hay una sola. La forma correcta es la variable, la que vamos construyendo diferente según el momento. Cuando nos estancamos —buscando o sin buscar— ahí aparece la rigidez. Esa es la señal.
Una pregunta para llevarte hoy
¿Qué reglas estás aplicando a una situación que ya cambió?
Quizás la adaptabilidad no empiece por hacer más.
Quizás empiece por animarte a ver que las reglas que funcionaban antes ya cumplieron su función.
Y que hay algo nuevo esperando ser descubierto.
Por María José Pedrini – Psicóloga, Terapeuta Sistémica



